La línea Carcaixent-Dénia, en la memoria

El tren no solo comunicó pueblos y personas, también facilitó las relaciones económicas y la difusión de la cultura

Los vestigios del patrimonio ferroviario merecen una protección que permita volver la mirada a los años 20 y 30

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El tren Carcaixent-Gandia-Dénia, del que tantas veces se ha hablado y que tanto se echa en falta, facilitó las relaciones entre comarcas y la circulación y el acercamiento a los movimientos culturales, sociales y políticos de principios del siglo XX. Las vías comunicaron pueblos y personas. Pero también mercancías, ideas y cultura. A las puertas de conmemorarse los cien años de la proclamación de la II República (1931), el arqueólogo Josep A. Gisbert hace oír su voz en defensa de un patrimonio -las infraestructuras y edificios que todavía quedan de aquellos años- que precisa de protección. Su puesta en valor, como parte de las actuaciones para la recuperación de la memoria histórica, serviría además para reforzar -y recordar también- los lazos de unión de la Marina Alta con otras comarcas. Vínculos que hoy, en algunos casos, todavía perduran.

La memoria y la identidad precisan de referentes. Perderlos significa la desaparición lenta pero segura de una historia, una cultura y un patrimonio. Hay por tanto que recordar y salvaguardar lo que queda aunque, como ocurre en muchos casos, sea poco. Las conmemoraciones de hechos históricos son un buen momento para hacerlo. Y la de la II República (1931-1939), una oportunidad para planteárselo.

Dentro de esas actuaciones de recuperación de la memoria democrática podrían incluirse las infraestructuras y vestigios relacionados con el tren. Josep A. Gisbert cita el caso de los puentes, de los que todavía quedan algunos elementos, o las construcciones de piedra labrada. Quedan pocas huellas en el territorio de un oficio, el de pedrapiquer, ligado al nacimiento de La Xara y al trabajo artesanal de sus habitantes hasta hace unas décadas. Es lamentable que las piedras labradas de las aceras que dibujan el centro urbano de Dénia hayan ido desapareciendo. Otro ejemplo de desidia en la protección del patrimonio son los respiraderos de la carretera de Ondara.

Gisbert habla de referentes que pongan en valor infraestructuras, edificios, monumentos y cosas tan nimias como las fuentes públicas, todo aquello que nació o estuvo en activo a final de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) y durante la II República y la Guerra Civil.

Pone como ejemplo un proyecto de memoria democrática que ha desarrollado entre los años 2023 y 2024 en el municipio de Palmera. La actuación, subvencionada por la anterior Conselleria de Cultura, permitió elaborar quince fichas de memoria que darían como resultado diez tótems o paneles informativos en el trazado de la antigua vía del tren. Los paneles de Racons de la memòria, que es como se denomina el proyecto, toman como referencia edificios, monumentos o lugares y constituyen una especie de DNI que permite conocer cómo era el municipio un siglo atrás. Han sido realizados con una ayuda de la Diputación de Valencia para la señalización de elementos que tienen un papel destacado en la memoria democrática.

En 1930, explica el autor del proyecto, Palmera tenía 446 habitantes, unas escuelas nacionales, alcalde, juez y secretario, una gran destilería -Lorente- y varios almacenes de naranja.

Las vías de comunicación, añade, facilitaron que Palmera tuviese cierta industria. La carretera N332, construida a mediados del siglo XIX, sirvió de eje para el florecimiento a principios del siglo XX de una serie de industrias, como el molino de arroz. No tenía sin embargo estación ni apeadero del tren, que pasaba por su término. Para llegar a Dénia había que desplazarse en carro o autobús hasta las cercanas poblaciones de Gandia u Oliva para cogerlo.

El tramo de la vía del tren Carcaixent-Dénia que une Oliva con Gandia es hoy en día una vía cicloturística muy utilizada, con mucho tráfico de bicicletas y patines. Los tótems que se han colocado en ella hacen referencia a los tramos Carcaixent-Gandia y Gandia-Dénia. Una línea que dejó de funcionar a finales de los años 70 del siglo pasado. Respecto al asunto del tren, por salir a colación, Josep A. Gisbert califica de “patéticos” los planteamientos que se han hecho a lo largo del tiempo para recuperar la línea “porque probablemente nunca se harán realidad”.

Los años 20 y 30

Para los pueblos de la Marina Alta, la recuperación económica en los años 20 y 30, con el declive de la pasa, fue difícil. No obstante, los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX fueron de prosperidad para la industria, el comercio y el patrimonio, como atestiguan todavía algunas casas de los centros urbanos, fuentes, cementerios e infraestructuras importantes. Recuerda el arqueólogo que a Primo de Rivera le debemos el adoquinado de muchas carreteras y que durante la II República se hicieron una serie de actuaciones que la legislación vigente sobre memoria histórica permite poner en valor.

Volviendo a Palmera, Josep A. Gisbert apunta que, si el municipio de la Safor tiene diez rincones de la memoria, Dénia podría tener bastantes más. Apunta que el estado del patrimonio de la época deja mucho que desear, algo que califica de “infame”. “La protección falla” y desaparecen buena parte de las fachadas, edificios y paisajes de esos tiempos y solo quedan testimonios literarios tan hermosos como los de Juan Chabás, Narciso del Prado o Maria Ibars, “que hace unas excelentes descripciones de unos Campussos que ahora no encontraremos”, apunta.

Queda memoria literaria y memoria histórica y, en su opinión, habría que hacer un esfuerzo para poner en valor las décadas de los años 20 y 30. “No solo hay que poner en valor espacios públicos franquistas como La Glorieta del País Valencià”, puntualiza, “también hay que echar un poco más hacia atrás” para bucear entre las arquitecturas y el urbanismo de esos años. 

La naranja

El tren fue sostén de actividades económicas absolutamente importantes. Se utilizó para llevar las naranjas desde los almacenes hasta los puertos de Gandia y, durante un tiempo, también al de Dénia. Era la época del cenit de la naranja y almacenes de la Ribera y de la Safor, recuerda el arqueólogo, lo utilizaron para comercializar sus productos y colocaron en las etiquetas de naranja el nombre de Dénia.

Ejemplos representativos del patrimonio de los años 20 y 30 dignos de mantener en la memoria los hay. El arqueólogo vaticina que como mínimo 40 arquitecturas dignas de ser recordadas. Entre ellas los edificios del centro histórico, la Casa de Sauquillo que es hoy biblioteca municipal (para Josep A. Gisbert la mejor casa de la República que, a su juicio, fue objeto de una “desafortunada” rehabilitación-, el refugio o túnel del castillo, el Hotel Comercio -anterior pero de gran actividad en esa época-, las casas de las grandes familias, como los Riera en la Glorieta, ‘els quatre cantons’ y el Casino El Siglo, los bancos…

En el ámbito cultural, cita la importancia que tuvo la obra de Roc Chabás a principios del siglo XX como herramienta de difusión cultural. El arabista de Carcaixent Julià Ribera visitó la casa del historiador dianense en el Saladar -hoy desaparecida- en varias ocasiones. También los miembros de Lo Rat Penat a los que invitó, que eligieron hoteles como El Comercio o el Fornos para hospedarse, utilizaron el tren para llegar a Dénia. Las fuentes escritas documentan que el tren permitió comunicar la ciudad con la Renaixença Valenciana hasta 1912, la fecha del fallecimiento de Roca Chabás. Murió el canónigo “y la cultura desapareció en Dénia”, apostilla Gisbert. Recuerda que el escritor Juan Chabás marchó pronto a estudiar a Madrid y que pasarían décadas hasta que hubo nuevos referentes culturales en la ciudad.

El tren fue una vía de difusión y comunicación económica y de cultura. Proteger su patrimonio es también una manera de estructurar el territorio, lanzar una mirada más allá de lo local y entender que las vías del trenet unían comarcas, en este caso la Ribera, la Safor y la Marina. Solo hay que echar una mirada a algunas de las grandes casas de Les Rotes que fueron propiedad de familias de la Ribera o al turismo de los años 20 y 30. “La Ribera buscaba el mar de Dénia”, comenta Gisbert.

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