La infancia es una etapa clave para el desarrollo emocional. Desde los primeros años de vida, los niños experimentan emociones intensas que todavía no saben identificar ni gestionar de forma autónoma. En este proceso, la regulación emocional se convierte en una habilidad fundamental para su bienestar psicológico, sus relaciones sociales y su futuro desarrollo.
Los niños no nacen sabiendo regular lo que sienten, sino que aprenden progresivamente a hacerlo a través de la relación con los adultos que los cuidan. Julia Bellver, psicóloga del Hospital HLA San Carlos explica que, “la regulación emocional puede entenderse como la capacidad de reconocer las propias emociones, comprender por qué aparecen y encontrar formas adecuadas de expresarlas y manejarlas. En la infancia, esta capacidad está aún inmadura, ya que las estructuras cerebrales implicadas en el autocontrol y la planificación continúan desarrollándose durante muchos años. Por este motivo, es habitual que los niños expresen su malestar emocional mediante el llanto, las rabietas, la impulsividad o las reacciones desproporcionadas. Estas conductas no indican falta de educación ni mala atención, sino una dificultad real para manejar emociones que resultan abrumadoras”.
La especialista añade que “el papel del adulto es esencial en este proceso. Los niños aprenden a regularse emocionalmente a través de la experiencia de ser regulados por otro. Cuando un adulto ofrece calma, contención y comprensión, el niño va internalizando poco a poco esas estrategias y aprendiendo a aplicarlas por sí mismo. En cambio, cuando las emociones del niño son minimizadas, ignoradas o castigadas, puede aparecer confusión, inseguridad o dificultad para identificar lo que siente”.
Las rabietas y los desbordes emocionales suelen ser uno de los motivos de mayor preocupación para las familias. Sin embargo, estas conductas cumplen una función comunicativa y suelen aparecer cuando el niño se siente frustrado, cansado, sobre estimulado o incapaz de expresar con palabras lo que le ocurre. Comprender este mensaje permite responder desde la empatía y no únicamente desde la corrección de la conducta.
Acompañar emocionalmente no implica permitir cualquier comportamiento, sino ayudar al niño a poner nombre a sus emociones, ofrecer seguridad y enseñarle formas alternativas para expresarse. Este acompañamiento favorece el desarrollo de una mayor tolerancia a la frustración, una autoestima más sólida y una mejor capacidad para relacionarse con los demás.
Aunque las dificultades en la regulación emocional forman parte del desarrollo, existen situaciones en las que es recomendable consultar con un profesional de la psicología infantil. Cuando el malestar emocional es muy intenso, persistente o interfiere en la vida familiar, escolar o social, una evaluación adecuada ayuda a comprender que está ocurriendo y proporcionar a la familia y al niño las herramientas necesarias para favorecer su bienestar. Acompañar a los niños en la gestión de las emociones contribuye al desarrollo de adultos más seguros, resilientes y emocionalmente saludables.







