INÉS ROIG (*)
Las vacaciones son para muchos el momento más esperado del año, pero, para algunos, pueden llegar a convertirse en un problema. Adaptarse a un periodo de descanso después de un año lleno de tensiones no es del todo fácil.
En nuestra existencia, las vacaciones ocupan un lugar especial. No importa si preferimos mar o montaña, tumbarnos en el sofá o practicar actividades en el exterior. Nuestros días libres son un tesoro. Para muchos son el tiempo y el espacio que compensan los excesos de un año cargado de tensiones y falta de sueño. Los planeamos con antelación e ilusión. No en vano, nos dan la oportunidad de romper con la rutina, los estrictos horarios y las constantes prisas.
Pero no siempre se cumplen nuestras expectativas. Basta con que surja cualquier contratiempo para que se desate todo el malestar y la insatisfacción que hemos ido acumulando los meses anteriores. Cuando rompemos con nuestra rutina laboral nos encontramos ante nuestra realidad personal, y esta no siempre resulta tan satisfactoria como nos gustaría.
Estamos en otro lugar, viviendo a otro ritmo… pero nuestra mente permanece anclada en la inercia de nuestro día a día. Tarde o temprano aparece esa sensación, mezcla de inquietud, tensión y desubicación denominada “síndrome de la hamaca”.
El síndrome de la hamaca se desarrolla cuando pasamos bruscamente de un estado de tensión a un estado de relajación. Entre sus efectos secundarios destacan la inapetencia, la fatiga, las cefaleas, el insomnio, los cambios de humor, la dificultad de concentración, la irritabilidad y el malestar general.
Ante cualquier cambio, el ser humano necesita un periodo de adaptación. Y las vacaciones no son una excepción a esta regla. Se necesita tiempo para aprender a olvidar la rutina laboral. De hecho, necesitamos entre uno y cuatro días para realizar esta transición.
El síndrome de la hamaca es un reflejo de nuestro nivel de tensión y estrés. Cuanto más hayamos acumulado durante el año, más nos costará deshacernos de él. El único modo de prevenirlo es cultivando actividades que nos permitan organizarnos mejor y canalizar los excesos de nuestro día a día. Es muy útil distinguir entre lo urgente y lo importante.
Generalmente cuando nos centramos en lo urgente, nos invade la prisa y nos olvidamos de lo importante, lo que nos llena de insatisfacción. Aquí cabe cuestionarnos si el estilo de vida que llevamos es el que más bienestar nos genera.
Todo lo que tenemos en la vida es tiempo. No sabemos cuanto, pero podemos decidir en que lo invertimos. Y esa elección construye los pilares de nuestra existencia. El bienestar no esta relacionado con lo que hacemos, sino con lo que somos, y con nuestra capacidad para vivir en coherencia con nosotros mismos. De ahí la importancia de que consigamos aprovechar la oportunidad de reflexión que nos brinda el síndrome de la hamaca.
Sin duda, es una buena manera de aprovechar las vacaciones.
(*) Farmacéutica