El municipio impulsa un proyecto a través de la algarroba para poner en valor el territorio y el producto local
Más allá de la Xylella fastidiosa hay vida. Porque el territorio es un bien que modela la identidad y las ganas de preservarlo son muchas. Así que después del arranque masivo de almendros, Alcalalí tenía que repensar su futuro. El municipio, que contando la población de la eatim de La Llosa de Camatxo supera por poco los 1.400 habitantes, tiene el potencial agrícola suficiente para impulsar un nuevo proyecto que tire del carro de la economía local. En este caso, basado en la algarroba, un producto poco valorado y nada explotado que, en cambio, ofrece muchas posibilidades de transformación.
Alcalalí presumía hace solo unos años de almendros y paisaje y hacía bandera de la Rumbeta, su variedad tradicional de almendra. Todo había arrancado en los años 2016-2017 con un proyecto que unió a los agricultores del término municipal para defender un territorio y un producto propio. En 2018 se constituía la Sociedad Agraria de Transformación SAT, con la cual se creaba una infraestructura para dar salida al producto. “No fue fácil dar el paso”, explica Ana Ivars, el Agente de Desarrollo Local (ADL) del Ayuntamiento de Alcalalí. Pero con poco de tiempo se consiguió comercializar la almendra al natural, frita, transformada en leche de almendra o en harina de almendra.
En una sociedad agraria bastante desorganizada, caracterizada por el minifundio, con agricultores mayores y poco relevo generacional, fue un proyecto ilusionante. No había intermediarios y la rentabilidad no iba a parar a los comercializadores o a los distribuidores, sino a los mismos labradores. Se creó incluso una marca, Flor d’Alcalalí. “Conseguimos vincular la almendra con Alcalalí, un producto de calidad -indica la técnica municipal-, y vendimos un relato de pueblo, de paisaje, de cultura, de gastronomía”. La alegría duró poco. Con la plaga de la xylella y la tala de los almendros, el proyecto dejó de ser viable en 2021.

Después de pensar y repensar cómo hacer frente a esa pérdida de paisaje y al declive de la actividad agrícola, desde el ayuntamiento de un municipio donde más del 60% de la población es extranjera, se pensó en impulsar un nuevo proyecto basado en otro cultivo tradicional ligado al territorio: el algarrobo.
La maquinaria para conseguirlo se puso en marcha y lo primero que se ha hecho ha sido encargar un estudio de viabilidad. El trabajo, que ha contado con la financiación de la Diputación de Alicante, ha sido presentado a la SAT y a la Cooperativa Agraria, una entidad que aglutina a la mayor parte de propietarios de tierras y que se intenta reactivar.
En el término municipal, se han contabilizado 529 árboles que pueden dar de 45 a 65 toneladas anuales de algarroba. En 2015, había 36 parcelas con algarrobos y en 2025 eran 84. El incremento de árboles se explica con el arranque de almendros y el precio al alza que ha experimentado la algarroba, dos factores que animaron a plantar algarrobos. Lo más común es que en un bancal haya 1 o 2 algarrobos y solo hay un abancalamiento grande, con 50 árboles, que se plantó no hace demasiado tiempo.
Durante el primer año de implementación del proyecto se hará la tarea de organización y coordinación para recoger y vender la algarroba. La idea es que las algarrobas se lleven a la cooperativa, donde se pesarán y se venderán conjuntamente, “una manera de poder defender mejor el precio”. La inversión que se tiene que hacer es mínima: el local, del cual ya se dispone, unos contenedores y una balanza.
También este año, para dar espaldarazo al proyecto, el festival de actividades culturales, agrarias y ambientales que se celebra en el mes de febrero -el Feslalí- se dedicará a la algarroba, con propuestas como una cata de productos elaborados con ella, una charla sobre la puesta en valor del producto local, talleres, salidas de campo o un concurso de dulces de algarroba. “Queremos que tenga una repercusión interna, que la cooperativa y la SAT puedan ver que el producto tiene un valor y que, si podemos llegar a transformarlo y darle un valor añadido, sus beneficios pueden ser mayores”, remarca la técnica.

En una segunda fase, cuando los agricultores ya estén coordinados, se abriría un pequeño obrador donde, por ejemplo, se podría elaborar harina de algarroba. Se estudiarían también otras posibilidades de transformación para ver cuáles podrían tener una salida mejor, pensando siempre en un circuito comercial corto.
La harina de algarroba se obtiene a partir de la pulpa tostada y molida. Se utiliza, de forma total o parcial, como sustituto del cacao en pasteles, chocolates o bebidas instantáneas, aportando un sabor suave y dulce. No tiene cafeína pero sí un alto contenido en fibras y minerales. Se gasta también para la producción de licores y destilados -como la cerveza-, en la industria textil y para la fabricación de pinturas, pegatinas y cosméticos. Hay que tener en cuenta también que el ‘garrof’ es un espesante natural, que permite eliminar aditivos sintéticos y que se gasta cada vez más.
En la comarca, la algarroba siempre se ha visto como un cultivo secundario, para los animales, y nunca se ha valorado como sí se ha hecho con la naranja o la uva. No ocurre lo mismo en todos los lugares. En Inglaterra, su harina y otros derivados, como la melaza, las mermeladas o los espesantes, se venden a un precio importante. Probablemente, si valoramos más el producto local se nos abrirán nuevas oportunidades.








