Los días 20 y 21 de julio tienen muchas connotaciones históricas. Para mí, tienen una gran carga emocional. El 21 de julio de 1969 moría mi padre. Ese mismo día el hombre pisaba la Luna. De este hecho histórico no me enteré, porque en los momentos en los que el astronauta daba saltitos por la superficie lunar, yo iba por los pasillos del hospital buscando un médico que resucitara a mi padre. Todos los que encontré, estaban de cara a los televisores, contemplando el evento. Si alguno se apartaba por un instante del televisor, me interpelaba muy desabridamente, diciéndome «¡No ves que tu padre está muerto!». Y se incorporaba al espectáculo, dejándome con el alma mucho más apenada. Más tarde, rememorando aquellos minutos, que me parecieron horas y en algunos momentos, segundos, me di cuenta que no todo en la práctica médica se reduce a aplicar unas buenas técnicas. También hace falta ponerle una chispa de corazón.
Mi padre agonizaba, mientras el ser humano alcanzaba una altísima cota técnica. La carrera espacial, producida por la soberbia de las dos grandes potencias, pospuso avances en técnicas de diagnóstico y tratamiento que hubiesen salvado, tal vez, a mi padre.
El 20 de julio de 2001 nació mi primer nieto, un bebé precioso ¿qué bebé no es precioso y que abuelo no cree que lo es? Otra vez que pasé ese día yendo y viniendo al hospital, sólo que esta vez fue para alegrarme, para ser feliz, queriendo compartir con todos mi felicidad. Después, ya menos acelerado, me han referido los aconteceres que pequeños problemas producen en ciertas personas. Tienen que creer que en esos momentos, me importaban muy poco sus lágrimas de cocodrilo, recordando mis lágrimas de profunda pena o las de inmensa felicidad. Ya sé que la muerte de mi padre, que mi nieto haya nacido, sólo me importa a mí. Esa es mi suerte, no tener que dar explicaciones por nada, ni dimitir de la vida.