Vestidas de novia para casarse en el más allá

¿Por qué una de las primeras comunidades rurales cristianas enterró a sus niñas con collares y pendientes, una práctica nada habitual?

Conforme avanza una prospección arqueológica y salen a la luz nuevos elementos, surgen muchas preguntas. Por qué, cómo, dónde, quién, qué… un puzle de interrogantes que puede que se resuelva conforme prosigue la investigación. Muchos encuentran respuesta. Otros, no. Dejan una puerta abierta a teorías y nuevas aportaciones que puedan aportar un poco más de luz. En el yacimiento del Cabezo del Molino (Rojales) se hallaron restos cerámicos y vestigios arqueológicos de épocas diferentes entremezclados. Una tumba descubierta en los años 90 permitió ‘tirar del hilo’ para poder acabar afirmando que allí se encontraba la mayor necrópolis de época bizantina de la península ibérica. Y en ella, las primeras evidencias de ritos cristianos en comunidades rurales dentro de la provincia de Alicante.

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De los ritos funerarios en el mundo antiguo relacionados con el citado yacimiento se habló el jueves en el acto organizado por el Área de Arqueología y Museos del Ayuntamiento de Dénia, con motivo del Dia de la Dona, en la Biblioteca Juan Chabás. Lo hizo la arqueóloga María Teresa Ximénez de Embrún, que ha participado en las campañas arqueológicas realizadas por el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ) en ese emplazamiento.

En la necrópolis del Cabezo del Molino aparecieron mayoritariamente los cuerpos enterrados de mujeres, muchas de ellas eran niñas ataviadas con collares, colgantes y pendientes. ¿Por qué esas niñas se llevaron sus ajuares al más allá? No era fácil encontrar la respuesta a esta pregunta. En otras religiones y culturas, es una práctica habitual que está prohibida en el mundo cristiano.

Otro detalle desconcertaba a los arqueólogos. ¿Por qué solo aparecían las alhajas en los enterramientos de las niñas y no en los de las mujeres adultas? Había que continuar tirando del hilo de la madeja para seguir tejiendo la historia.

Las tumbas se encontraban apenas a unos centímetros bajo tierra, por lo que sorprendía que nadie hubiese dado con ellas con anterioridad, tratándose de un lugar de fácil acceso que en la época de Pascua se frecuenta para cumplir con otro ritual, el de comerse la mona. Eran enterramientos de carácter múltiple, con pocas excepciones, donde los niños siempre aparecían enterrados juntos. Se halló también a alguna mujer abrazada a su bebé.

El cuerpo de los difuntos, a los que se les daba sepultura ataviados con un sudario, era cubierto con lajas que normalmente estaban trabajadas y selladas. En algunos casos, se enterró con un ataúd. Eso sí, siempre en posición decúbito supino, lo que ayudó a constatar que se trataba de una necrópolis del mundo postromano.

El trabajo de antropólogos, genetistas y químicos permitió determinar la edad, el sexo, el parentesco, las enfermedades que padecieron aquellos individuos, cuál fue su dieta e incluso a qué se dedicaban. Nuevas sorpresas.

Los difuntos eran muy jóvenes. El 79% eran menores de 25 años. En la franja de edad de entre 0 y 7 años se situaba el 23% y en la de 7 a 14, el 32%. ¿Por qué murieron tan jóvenes?

Las mujeres, menudas y delgadas, no superaban los 155 cm. de altura, frente a hombres fuertes que alcanzaban los 180 cm. de alto. Había otro grupo de hombres, gráciles y de menos de 165 cm., que en muchos casos fueron enterrados con niños varones. Los marcadores músculo esqueléticos apuntan a mujeres que pasaban tiempo en cuclillas, posiblemente cocinando; niñas que recogían leña y realizaban grandes caminatas; hombres con brazos robustos por el ejercicio de actividades que requerían fuerza; y otro grupo de hombres, los bajitos, con muchas patologías en la clavícula y desgaste en los dientes. Estos últimos, además, pertenecían a una población esteparia, los ávaros, procedentes de Asia, que por primera vez se documentaba en la zona. ¿Quiénes eran? Posiblemente, jinetes.

La pregunta sobre la alta mortandad de niños continuaba sin respuesta. Hasta que se dio con la Yersina pestis, la bacteria relacionada con la llamada Peste de Justiniano. “Todos murieron de peste”, relataba María Teresa Ximénez de Embrún. Posiblemente, argumentaba, hubo más difuntas que difuntos porque las mujeres eran quienes habitualmente estaban en contacto con los niños y, en ese caso, el contagio era más fácil.

Las niñas enterradas llevaban por lo general collares de ámbar de varias vueltas, bisutería de imitación a las piedras semipreciosas, pendientes -que eran desiguales-, algún colgante elaborado a partir de una moneda y también algún ojo protector como amuleto. Los elementos decorativos o las piedras de color negro que formaban parte de esas alhajas simbolizaban la virginidad (el blanco llegaría más tarde).

Las joyas encontradas junto a las niñas, indicaba la arqueóloga, posiblemente fueron colocadas “para vestirlas de novia y casarlas en el más allá”. Y fueron enterradas con los varones de la familia “para que pudieran validar ese casamiento”.

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