El Dr. Emilio Galcera, especialista en Cardiología del Hospital HLA San Carlos explica que, “la presión arterial es uno de los parámetros más relevantes para valorar la salud cardiovascular. Hace referencia a la fuerza que ejerce la sangre contra las paredes de las arterias tanto durante la contracción del corazón (sístole) como en la fase de relajación (diástole). Mantenerla dentro de rangos adecuados es fundamental para prevenir enfermedades como la hipertensión arterial, el infarto de miocardio, el ictus o el daño renal. Sin embargo, lo que muchas personas desconocen es que los valores considerados normales pueden variar a lo largo de la vida”.
La presión arterial no es un valor estático, sino que cambia con la edad y está influida por múltiples factores, entre ellos el estilo de vida, la genética y la presencia de otras enfermedades. Durante la infancia y la adolescencia, la presión arterial suele ser baja, ya que las arterias son más elásticas y el sistema cardiovascular trabaja con menor resistencia. En estas etapas, los valores de referencia dependen principalmente de la edad, la talla y el sexo. Aunque tradicionalmente no se asociaban a problemas de tensión, en los últimos años se ha observado un aumento de la hipertensión en niños y adolescentes, relacionado principalmente con el sedentarismo, el sobrepeso y una alimentación poco equilibrada, lo que refuerza la importancia de la prevención desde edades tempranas.
Entre los 18 y los 40 años, lo habitual es que la presión arterial se sitúe en valores considerados normales, en torno 120/80 mmHg. Cuando aparecen cifras elevadas en este grupo de edad, suelen estar asociadas a hábitos poco saludables, como el consumo excesivo de sal, el estrés mantenido, el tabaquismo, el consumo de alcohol o la falta de ejercicio físico. A pesar de que la hipertensión puede no producir síntomas, puede generar daño progresivo y silencioso en órganos como el corazón, el cerebro o los riñones si no se detecta y trata a tiempo.
A partir de la mediana edad, especialmente desde los 40-50 años, el riesgo de desarrollar hipertensión arterial aumenta de forma significativa. Con el envejecimiento, las arterias pierden parte de su elasticidad, lo que obliga al corazón a realizar un mayor esfuerzo para bombear la sangre. Este fenómeno suele manifestarse como un incremento progresivo de la presión arterial sistólica. En esta etapa, los controles periódicos adquieren una especial relevancia, ya que la hipertensión mantenida se asocia a un mayor riesgo de infarto de miocardio, fibrilación auricular, insuficiencia cardiaca o accidente cerebrovascular.
En las personas mayores, especialmente a partir de los 65 años, es frecuente encontrar cifras de presión arterial más elevadas. No obstante, la edad por sí sola no justifica descuidar su control. En la actualidad, los profesionales sanitarios individualizan los objetivos de presión arterial teniendo en cuenta el estado general del paciente, su grado de autonomía y la presencia de otras patologías. El objetivo es lograr un buen control de la tensión sin provocar efectos adversos, como mareos, caídas o episodios de hipotensión.
“La presión arterial es un parámetro dinámico que evoluciona con la edad y está estrechamente relacionado con nuestros hábitos diarios. Medirla de forma regular y mantener un estilo de vida saludable -con una alimentación equilibrada, actividad física regular y control del estrés- son medidas esenciales para prevenir problemas cardiovasculares en cualquier etapa de la vida. Comprender cómo cambia la presión arterial con los años ayuda a tomar conciencia de la importancia de la prevención y del cuidado del corazón, para disfrutar de una vida más larga y saludable”, concluye el especialista.








